¿Hablamos por WhatsApp?

El primer paso de la sesión: conectar con la persona antes que con el problema

Hay un error que muchos coaches cometemos cuando empezamos a acompañar personas.

Tenemos tantas ganas de ayudar que queremos entrar rápidamente en el problema.

El cliente llega, nos sentamos y nuestra mente ya está trabajando:

¿Cuál será el quiebre?

¿Qué pregunta poderosa podría hacer?

¿Qué herramienta conviene usar?

Sin darnos cuenta, comenzamos a escuchar buscando intervenir.

Pero la persona todavía no llegó del todo.

No quiero decir que no esté presente físicamente.

Quiero decir que, muchas veces, una parte de ella sigue en la discusión que tuvo esa mañana, en la reunión que salió mal, en la preocupación por un hijo o en la conversación que todavía continúa dentro de su cabeza.

Si comenzamos demasiado rápido, es posible que trabajemos sobre un relato todavía superficial.

Por eso, para mí, el primer movimiento de una sesión no consiste en explorar el problema.

Consiste en recibir a la persona.


El aterrizaje

Llamo aterrizaje a esos primeros minutos de la sesión en los que el objetivo principal no es analizar ni resolver nada.

Es crear las condiciones para que el cliente pueda estar realmente presente.

No siempre dura cinco minutos.

A veces son dos.

Otras veces necesita un poco más.

Lo importante no es el tiempo.

Lo importante es que la persona deje, por un momento, el ritmo con el que llegó y pueda comenzar a observarse.

Solo entonces la conversación empieza de verdad.


¿Qué busca producir esta etapa?

El aterrizaje tiene un propósito muy concreto.

No busca obtener información.

Busca favorecer una transición.

Del hacer al estar.

De la reacción a la observación.

Del piloto automático a la presencia.

Cuando esa transición ocurre, el cliente comienza a hablar desde un lugar diferente.

No solamente cuenta lo que pasó.

Empieza a descubrir qué le está pasando.

Y esa diferencia cambia toda la conversación.


Algunas preguntas que suelo utilizar

No existe una lista obligatoria.

Tampoco utilizo siempre las mismas preguntas.

Cada persona llega de una manera distinta y el coach necesita escuchar antes de decidir cómo acompañar.

Sin embargo, hay algunas preguntas que, con frecuencia, ayudan a abrir este espacio.

¿Cómo llegás hoy?

Parece una pregunta sencilla.

Pero no pregunta simplemente cómo está la persona.

La invita a tomar conciencia de cómo llega a este encuentro.

Muchas veces la respuesta ya comienza a ordenar su mundo interior.


¿Qué fue lo más significativo de tu semana?

No estoy buscando un resumen de actividades.

Estoy invitando al cliente a distinguir aquello que realmente dejó una huella.

A veces descubre que lo importante no fue aquello que más tiempo ocupó.


¿Qué necesitás dejar afuera para poder aprovechar este espacio?

Esta pregunta me gusta especialmente.

No porque siempre produzca grandes respuestas.

Sino porque transmite un mensaje silencioso.

Aquí existe un lugar donde no hace falta cargar con todo al mismo tiempo.

El cliente decide qué quiere traer a la conversación y qué puede dejar, aunque sea durante una hora.


En algunas ocasiones también pregunto:

"Si tuvieras que describir con una palabra cómo estás parado hoy frente a tu vida, ¿cuál elegirías?"

Pero esta pregunta requiere que la persona ya haya comenzado a aterrizar.

No es una pregunta para formular automáticamente al inicio de todas las sesiones.


Lo que observo mientras escucho

Durante estos primeros minutos no solo escucho las palabras.

También observo.

El coaching ontológico nos recuerda que lenguaje, emocionalidad y corporalidad forman una unidad.

Por eso el cuerpo ofrece información valiosa.

Pero esa información nunca viene acompañada de una traducción automática.

Si una persona cruza los brazos, no concluyo que está a la defensiva.

Tal vez tiene frío.

Tal vez está cómoda.

Tal vez simplemente es su manera habitual de sentarse.

Observo.

No diagnostico.

Escucho el ritmo con el que habla.

Noto si acelera cuando aparece un tema.

Percibo si hace pausas largas antes de responder.

Observo cómo cambia su respiración.

Cómo sostiene —o no— la mirada.

Todo eso forma parte de la conversación.

Pero ninguna de esas observaciones constituye una conclusión.

Son hipótesis que luego deberán ser exploradas con curiosidad.

A veces basta decir:

"Mientras hablabas de esto noté que bajaste un poco la mirada."

Y preguntar:

"¿Qué pasó en ese momento?"

Nombrar lo observado suele abrir conversaciones mucho más profundas que interpretar lo que creemos haber visto.


Cuando trabajo con hombres en la segunda mitad de la vida

Hay algo que observo con frecuencia.

Muchos hombres que llegan a esta etapa crecieron en una cultura donde pedir ayuda no era algo habitual.

Aprendieron a resolver solos.

A sostener.

A seguir adelante.

A veces eso hace que expresar vulnerabilidad resulte incómodo.

No ocurre en todos los casos.

Cada historia es distinta.

Pero conocer ese contexto me ayuda a no interpretar demasiado rápido ciertos silencios o ciertas dificultades para poner en palabras lo que sienten.

Por eso intento no apresurar la conversación.

El solo hecho de que un hombre haya decidido sentarse frente a otro para hablar de su vida ya merece respeto.

No necesita demostrar nada.

No necesita llegar con respuestas.

Solo necesita encontrar un espacio donde pueda comenzar a pensar en voz alta.


Una forma de hospitalidad

Desde mi fe cristiana, esta etapa siempre me recuerda una imagen del Evangelio.

En la parábola del hijo que regresa, el padre primero recibe.

Después vendrán las conversaciones necesarias.

Esa actitud de hospitalidad inspira mi manera de comenzar una sesión.

No porque el coach ocupe el lugar del padre de la parábola.

Sino porque me recuerda que recibir a una persona siempre es anterior a intentar comprenderla.

Y comprenderla siempre es anterior a intentar ayudarla.

Primero la persona.

Después el problema.


¿Cómo sé que el aterrizaje terminó?

Esta es una pregunta importante.

El aterrizaje no termina cuando pasaron cinco minutos.

Termina cuando el cliente ya puede elegir sobre qué conversación vale la pena trabajar.

En ese momento aparece una pregunta distinta.

Una pregunta que marca el paso hacia la siguiente etapa del proceso.

Suelo formularla así:

"De todo lo que compartiste hasta ahora, ¿qué es lo más importante que te gustaría trabajar hoy?"

Esa pregunta hace dos cosas al mismo tiempo.

Le devuelve al cliente la responsabilidad de elegir.

Y le da dirección a la sesión.

A partir de allí comienza el verdadero trabajo de exploración.


Errores frecuentes

Hay tres errores que intento evitar.

El primero es convertir el aterrizaje en un cuestionario.

No necesito hacer cuatro o cinco preguntas.

A veces una sola, seguida de una escucha genuina, es suficiente.

El segundo es interpretar demasiado rápido.

Observar no es diagnosticar.

La curiosidad siempre debe preceder a la interpretación.

El tercero es creer que el aterrizaje es una pérdida de tiempo.

Con frecuencia ocurre exactamente lo contrario.

Los minutos dedicados a recibir verdaderamente a la persona hacen que el resto de la sesión tenga mucha más profundidad.


Una práctica para esta semana

En tu próxima conversación —sea una sesión formal o una charla importante— intenta hacer algo muy sencillo.

No pienses en la segunda pregunta.

Haz una sola.

Escucha.

Observa.

Y antes de volver a preguntar, pregúntate internamente:

¿La persona ya llegó... o todavía sigue llegando?

Esa pequeña pausa puede cambiar por completo la calidad de una conversación.

Continúa con el siguiente artículo de la serie:

El segundo paso de la sesión: elegir un solo tema entre todos los que pesan

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